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Revista Música Sciences · Nº 14
Una crónica sobre las decisiones concretas que tomamos al montar el laboratorio de escucha de la redacción.
Publicado el 12 de marzo de 2025 · Lectura de 8 minutos
Cuando decidimos dedicar un número a la acústica de salas pequeñas, sabíamos que necesitábamos un espacio propio para contrastar mediciones y escuchar material de referencia. La primera semana en el nuevo local nos obligó a resolver problemas que no aparecen en los manuales: dónde colocar los monitores sin que el aire acondicionado arruine la imagen estéreo, cómo aislar el ruido del ascensor y qué hacer con una pared que resonaba a 120 Hz.
El punto de partida fue modesto: dos monitores de campo cercano, un micrófono de medición y un ordenador con software de análisis espectral. Nada exótico. La intención era documentar el proceso real de acondicionamiento, con sus errores y ajustes, para publicar después una guía honesta sobre lo que funciona en espacios domésticos y lo que exige presupuesto de estudio profesional.
El primer barrido de frecuencia mostró una caída pronunciada alrededor de 200 Hz, justo en la zona donde el oído es más sensible a la claridad de las voces. La causa no era el equipo, sino la posición de la mesa de trabajo, demasiado cerca de la pared trasera. Al mover los monitores 40 centímetros hacia adelante y añadir un panel absorbente de lana de roca de 10 centímetros, la respuesta mejoró notablemente.
También descubrimos que los pies de goma de los monitores transmitían vibraciones al escritorio de madera. Unas simples almohadillas de silicona y un par de ladrillos cerámicos bajo la base resolvieron el problema sin gastar en soportes caros. Son soluciones que cualquier músico con un estudio casero puede replicar.
El espacio tiene un volumen de unos 45 metros cúbicos, con suelo de tarima y una ventana grande. La reverberación natural era de 0,9 segundos, demasiado alta para trabajar con mezclas detalladas. Colocamos cortinas gruesas frente a la ventana y un panel difusor casero en la pared opuesta. Con eso bajamos a 0,5 segundos, un valor aceptable para un espacio de control pequeño.
La lección más útil fue entender que no hace falta tratar todas las superficies. Basta con identificar las reflexiones tempranas que llegan al punto de escucha antes de 20 milisegundos. Esas son las que ensucian la imagen estéreo y cansan el oído en sesiones largas.
No instalamos trampas de graves en los rincones porque el presupuesto de este primer mes se destinó a micrófonos y a un par de auriculares de referencia. La respuesta en graves sigue siendo irregular por debajo de 80 Hz, pero sabemos que es un problema de la sala y no del equipo. Para el próximo número, planeamos probar un sistema de corrección digital y comparar los resultados con las mediciones acústicas.
Este ejercicio nos confirmó que la acústica arquitectónica no es una disciplina abstracta. Se aprende escuchando, midiendo y corrigiendo sobre la marcha. La experiencia completa, con los datos de las mediciones y las fotografías del proceso, aparecerá en el próximo ejemplar impreso.